lunes, 30 de marzo de 2009

Caléndula


Ni el mismo desencadenante ni la misma meta que Cecilia Lisbon, pero sí lo del cambio de decorado. Fue frívolo decirlo así, pero es cierto. Un puto cambio de decorado, un respiro sin final previsto.

Y entretanto, beberse la primavera londinense en una taza de té negro mientras suenan de fondo las canciones de su vida.

domingo, 15 de marzo de 2009

No puedo dormir, que el subconsciente me pone la zancadilla

La última vez que su foto estuvo al lado de mi almohada, la última vez que usé sus calcetines, la última vez que me puse su camiseta, la última vez que paseamos de la mano, la última vez que nos besamos, la última mirada antes de seguir bajo la lluvia, la última vez que lloré por nosotros, no la recuerdo.
Pero a veces, sobre todo al despertar, se me rompen la escoba y los esquemas. Algunas imágenes, sobre todo al despertar, se pasean por delante de mis ojos aunque las censure. ¿Cómo volver a la estación y no recordar las ocho de la mañana, el frío y el café, el tabaco? ¿Cómo volver a la estación y no recordar su abrazo, sus besos todavía latiendo en mi cara?
¿Cómo puedo vomitar de una sola vez el calor de tantos años?
Cada semana encuentro en el sitio más inesperado algún otro objeto relacionado con él, es tontería intentar recogerlos. Sólo en mi pequeña caja con forma de corazón caben todos los recuerdos de seis años.
Pero estoy tranquila. Día a día se va desvaneciendo como se desvanece la niebla nocturna al amanecer soleado, hasta que sólo quede fresco rocío en mi alma, no más esa nube que traía lágrimas a mis ojos. Entonces, podré verle y sonreír.
Y entonces también podré decir: La última vez que escribí sobre él, no la recuerdo.

Entretanto, he estado tratando de colarme bajo un cielo estrellado y robarlo para regalártelo, pero el camino se vuelve gelatina bajo mis pies y el cielo se me cae encima y me atrapa en su negritud.
Sólo puedo sostener un cielo tan grande si me das la mano, sólo en Ons.
Pero cuanto más te acercas a mi ritmo sanguíneo, menos te oigo.
Y entre apuntes y cafeína, te desdibujas como las espirales de humo de uno de tus cigarros. Cómo me gustaría tener entonces el arrojo de decirte:
Ven, olvida el protocolo y todo lo demás y cógeme, mastícame, retuérceme, apuñálame, sacúdeme, abrázame, grítame, absórbeme, salta sobre mí, acaríciame, lánzame contra la pared. Acércate y demuéstrame que eres real. Haz que mis setenta y dos besos y medio no se queden en veintidós grafías sin fondo.
Y es que creo que una cerveza no me basta. La penumbra de la noche, el sol de la mañana: eso es lo que quiero compartir contigo.

domingo, 8 de marzo de 2009



Como una lavadora que tiñe todo de color
El mundo parece una compañía de teatro
La estación más puta llega, tierna edad en flor
Mañana es nueve del tres de mil novecientos noventa y cuatro



domingo, 1 de marzo de 2009

Fresas adobadas y melón en vinagre

Hoy estuve en la parte más alta de la alameda. Todo es tan solitario los domingos... sólo había algún fotógrafo, ancianos paseando y pandillitas de adolescentes fumando medio escondidos. Las ramas de los árboles se alzaban retorcidas al cielo y tapaban las vistas a La Catedral, pero se podían oír las campanadas. El viento me removía el pelo y las manos se me estaban quedando heladas, un perro ladró a lo lejos. Y en medio de todo eso empecé a escribirte un sms, no sé bien por qué motivo ni por qué a ti, supongo que por una banalidad tal como tener sms y llamadas gratis. "Qué triste- decía- que las comunicaciones nos hagan mirar la pantalla del móvil en lugar del paisaje, pero me alegro de compartir contigo algunos momentos especiales aunque sea a distancia". Y en ese preciso minuto al móvil se le acabó la batería y se borró el sms antes de enviarlo. Qué apropiado.
Luego empezó a llegar más gente y mi tranquilidad comenzaba a turbarse, así que me levanté y me fui. Y ahora estoy en casa, escuchando Nothingman -qué bonita es- , escribiéndote no sé bien por qué motivo ni por qué a ti.
No importa. Me siento bien, melancólica por las nubes, pero bien. Necesitaba salir a la calle para algo más que hacer la compra o ir a la biblioteca.
Mañana iré a entregar el papeleo de la beca Erasmus y sólo quedará esperar la contestación para decidir si me voy o no. Mañana lo entrego y pasan los días y cada vez veo más turbio lo que me espera. Hay días en que quiero correr lejos y hay días en que parezco esperar que alguien me diga: quédate aquí conmigo. Supongo que en el fondo daría igual si yo no decidiera, pero el hecho de que esté en mis manos hace que me preocupe por tomar una decisión de la que pueda arrepentirme. Todo sería más fácil si alguien me dijese: lo que debes hacer es quedarte/irte, te aseguro que todo irá bien. Pero naturalmente nadie dirá nada (en el fondo lo agradezco), ni nadie puede asegurar que las cosas vayan bien. Al fin y al cabo todo quedará al azar, supongo que las cosas irán bien y mal esté aquí o allá y simplemente acabaré asumiendo las consecuencias de lo que elija sin arrepentirme, como siempre.
Pero cómo me fastidia pensar en ti y ver que tienes la fuerza de ser tan tranquilo, de dejar que todo fluya sin pensar en qué pasará. Si no es así al menos es la impresión que me transmites últimamente cuando nos vemos. Por otro lado me alegra verte relajado porque quizá se me contagie, aunque no sé si lo consigo o sólo hace que me frustre.
Ahora sería genial que estuvieses aquí, en mi habitación, y bailásemos.
Creo que ya sé por qué motivo te escribo, y por qué a ti. Y es que sé que diga lo que diga me entenderás; mejor o peor, pero lo harás.

lunes, 23 de febrero de 2009

Memoria

A veces la cama se vuelve inmensa, esperpéntica, alargo los miembros y me pierdo en un páramo blanco y helado de sábanas vacías. Pienso en él ahogándome como una boa apunto de engullirme, en nuestras almas arrojadas a un cuarto destartalado, unidas por el mismo deseo; en mi mente corriéndose en sus retinas, en los desperdicios de nuestro amor.
Ahora eso ya no importa. Todo se quedó en el tren, de camino a casa.
Pero cómo arrancarle de una canción, cómo impedir que su imagen se proyecte en las paredes del cuarto cuando cae la noche, son cosas que todavía no sé hacer bien.
Me quedan muchos días corriendo calle abajo, dando patadas al aire, paseando mi juventud, bailando bajo las estrellas, oliendo la hierba, notando el sabor de la sal en los labios, riéndome por la mañana temprano: muchos días de feliz soledad hasta que consiga quedarme tranquila sin ir corriendo a cuidarlo cuando me dice: estoy enfermo.
Muchos días hasta que mis dedos paren de intentar colarse por la garganta hasta el cerebro para arrancar la parte de él donde reside la memoria.

viernes, 20 de febrero de 2009

El imposible yo

Tengo una irrefrenable manía persecutoria contra mí misma. Que me quiero mutilar, que me quiero adornar más, que me quiero dejar como estoy; que quiero verme como en el pasado o avanzar en el futuro. Cambio de idea cada día, me miro en el espejo y me reconozco a ratos. Yo y mi locura desordenada de intentar combinar en un solo aspecto todo lo que está dentro de mi cabeza. A veces reboso optimismo, otras, como ahora, me parece imposible. Y me quiero mutilar, me quiero adornar más, me quiero dejar como estoy; quiero retroceder al pasado o avanzar en el futuro.

Deberían quitarme de la vista todos los objetos cortantes, porque cualquier día en lugar de recortarme el pelo o tirar de las pulseras y lanzarlas contra la pared, me saco un ojo para reflejar en mi cara una maldita metáfora.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Paraguas para días soleados

Desgraciadamente, augurar tormenta es la forma de que la lluvia no te sorprenda en medio del picnic.

Y una cosa es bailar desnuda, pero dejar que tu piel transparente los órganos y los huesos es correr un riesgo demasiado alto.