Me tiré en la cama con la luz apagada llorando en silencio por enésima vez ese mes, mi compañera de habitación ya dormía. Ya ni siquiera era la palabra soledad tan acogedora y atrapante la que me envolvía... era la pérdida de fe. Pérdida de fe en el género humano, en los valores que nos enseñan de pequeños y que se van perdiendo como sin querer camino a la madurez, producto del instinto de supervivencia en un mundo hostil. Pérdida de fe en mí misma, pérdida de fe en mi bendita y protectora soledad. Cuando te das cuenta de que las personas que crees maravillosas no lo son, y de que en realidad todos y cada uno de nosotros, seres humanos, estamos cortados por el mismo patrón, lleno de belleza y fealdad a la vez y cubierto por una capa de hipocresía enorme, ¿cómo elegir con quien caminar por la vida?, ¿cómo no tropezarte una y otra maldita vez con las mismas piedras...? Y lo que es aun peor, ¿cómo continuar siendo sincero cuando ves que la sinceridad sólo te lleva a cagarla continuamente en este absurdo teatro?, ¿cómo sobrevivir sin que la vida te acabe corrompiendo?
Quizá haya que hacer lo que hice con el último septiembre, seguir adelante dejando de lado estas horribles certezas; y quizá un día todo se desentierre sin querer y te duela irremediablemente y no puedas evitarlo. Quizá lo intentes obviar en el ajetreo diario pero se manifieste en tu subconsciente, ya que quizá nunca puedas escapar de ello y lo mejor sea recordarlo lo menos posible.
Y es que quizá haya cosas que sencillamente no se superan, que tan sólo están agazapadas esperando para doler el día que menos te lo esperes.

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