viernes, 25 de septiembre de 2009


No hacemos más que salpicar estas paredes de lodo. Él se va un rato, vuela un rato; sus alas se sacuden los problemas, sonríe. Yo sólo pienso en que la ventana está ahí, tan grande, tan fácil de abrir, al alcance de mi mano; sólo tendría que coger el manillar, subirme a la mesilla y saltar afuera.
No es la primera vez que me muero de frío en Praga, con el sol que hace. Todavía no he bailado, ni he pedido un rosconlú con todos los dedos de las manos; no llevo ni una semana aquí y no hago más que incumplir mis promesas. Podríais darme cien collejas nelarienses, hacerme ver las cosas desde otra perspectiva como hacíamos desde el tejado, hablarme en contrapunto como Dabide o abrazarme como Azabache. Pero aquí no hay nada de eso, las collejas ya me las doy yo sola, y los abrazos también. No hay más que gente, gente, y tan pocas personas que no alcanzo siquiera a verlas. Y miro la ventana, tan predispuesta, tan asequible, y pienso que si algo he aprendido en estos meses es que si hay que volar, es mejor volar para siempre. Así que aquí me quedo, escuchando Unplugged in NY, echando de menos mi pelo, odiando la comida checa, riéndome de lo ridícula que parezco aquí sentada teniendo esta ciudad bajo mis pies, comiéndome las uñas, la cabeza, las entrañas. El dolor sólo genera más dolor, y mi organismo hace tiempo que ha sobrepasado su límite. Ahora sólo vomito, vomito de forma egoísta, pero mi estómago no lo aguanta. Claro que no soy lo que él esperaba, claro que no somos iguales, la diferencia radica en el tiempo. Yo era como él. Lo veo con su sonrisa, hecho polvo y no puedo cuidarlo. Va a ser verdad eso de que una vez di tanto amor que se me han agotado las existencias. Soy complicada, maleducada, hija de puta. Pero es que me revienta tanto…¿cuánto dolor le hará falta para acabar con su paciencia, cuándo entenderá que las situaciones no nos vienen impuestas, sino que las elegimos nosotros mismos? Aquí estamos, con las opciones en nuestras manos, sólo hay que decidir. Y miro la ventana y escojo aguantar un poco más, esperando poder trabajar para que llegue el día en que si las paredes se manchan, sea por vomitar un empacho de felicidad, no de lodo.
Si ese día no llega, hablaré con él; siempre podremos sacar la plancha, poner nuestros corazones encima de la mesa, bien colocaditos, y quitarles las arrugas, todos los surcos que se formaron cuando se encogían. Que yo lloro, se me cae el azúcar al suelo, el alma al suelo, pero muy dentro sé que no necesito que nadie me cuide. Y entre dolor y libertad, no volveré a escoger dolor. No lo haría nadie que haya aprendido que cuando vuelas, es mejor volar para siempre.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Fin de trayecto

Qué rápido ha pasado todo desde la caléndula. Estoy a un paso del cambio de decorado, a unas horas de notar el otoño enfriándome las pestañas.
¿Cómo será escuchar Even You desde allí, cómo será beber Notting Hill y respirar incienso en una habitación sin persiana? Tan lejos...Justo al lado contrario de donde el sol se pone.
Esta mañana cogí el tren de siempre, por última vez hasta dentro de mucho tiempo. Galicia es preciosa cuando llueve. No sé si estos días me pesan o el viento en la garganta empieza a arrastrarme, pero a veces parece que sólo podría curarme una de esas noches que amanecen desnudas junto a él, con paraguas, café y tabaco imaginario. Nunca van a volver, como todo lo demás.
Las ganas de comerme Europa se han quedado olvidadas entre los papeles, los objetos y las dudas.
¿Cómo será estrenar una vida nueva con todos sus accesorios?
¿Cómo será llegar a la meta sabiendo que es sólo el principio del resto para siempre?

domingo, 13 de septiembre de 2009











Tengo un nudo en el estómago que conecta con mis glándulas lacrimales cada vez que.

jueves, 10 de septiembre de 2009


Y echo por tierra todo, vuelvo a mis principios, quiero escapar, ver la nieve desde una ventana melancólica, escuchar Just like honey, A placed called home, All over the world, Green on blue y tantas otras, acurrucada cerca del radiador. Cortarme el pelo, comprarme unas orejeras, pasear sola sin entender una palabra de las conversaciones que me cruzo por las calles. Pintarme la cara y caminar mirando el cielo y las hojas de los árboles. Como todos estos años, reconstruir mi mundo a kilómetros, quizá pegar fotos por las paredes, hablar a gente que nunca volveré a ver. Hacer sola todo lo que quería hacer sola, echarle de mi vida de una vez por todas. “Adiós cariño, estos años comprimidos en meses han sido preciosos.”

Porque a veces se me olvida por qué somos especiales, aquellas palabras que una madrugada nos dejaron sin respiración.
Se me olvida que hay tantos momentos para recordar como si habláramos de años, se me olvidan la carcajada diaria, los abrazos, los “me da la impresión de que esta conversación exacta podríamos tenerla dentro de 36 meses”, los viajes, las canciones.
Se me olvidan la forma que tiene de acercarse, los planes, su mirada, aquellos conciertos, la sonrisa idiota que se nos ponía en la cara.
Se me olvida que fuimos tan felices que hubiéramos podido explotar en pedazos de alegría. Se me olvida que tras eso olvidé mis propios principios, y si un día hubo algo que me hizo olvidarlos, debía de ser algo demasiado bueno como para deshacerlo en retazos de memoria y guardarlo en un cajón sin siquiera haber visto juntos la nieve.