A veces la cama se vuelve inmensa, esperpéntica, alargo los miembros y me pierdo en un páramo blanco y helado de sábanas vacías. Pienso en él ahogándome como una boa apunto de engullirme, en nuestras almas arrojadas a un cuarto destartalado, unidas por el mismo deseo; en mi mente corriéndose en sus retinas, en los desperdicios de nuestro amor.
Ahora eso ya no importa. Todo se quedó en el tren, de camino a casa.
Pero cómo arrancarle de una canción, cómo impedir que su imagen se proyecte en las paredes del cuarto cuando cae la noche, son cosas que todavía no sé hacer bien.
Me quedan muchos días corriendo calle abajo, dando patadas al aire, paseando mi juventud, bailando bajo las estrellas, oliendo la hierba, notando el sabor de la sal en los labios, riéndome por la mañana temprano: muchos días de feliz soledad hasta que consiga quedarme tranquila sin ir corriendo a cuidarlo cuando me dice: estoy enfermo.
Muchos días hasta que mis dedos paren de intentar colarse por la garganta hasta el cerebro para arrancar la parte de él donde reside la memoria.

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