viernes, 28 de agosto de 2009

"Quédate a dormir, que pasen treinta años antes de mañana"

No te diste cuenta de que cuando entramos en aquella peluquería sonaba la canción más adecuada para esta noche (el pop-rock es lo que tiene, que se adapta a las delicadas situaciones personales de cada uno, a los romanticismos de supermercado). Pero sí, ojalá pasaran treinta años, la nieve tú y yo, Hío, la casita ático y las vacaciones en el sur, todo antes de mañana.

Porque no sé rebobinarte. No sin otro agujero en el pecho.

lunes, 24 de agosto de 2009

Cuando me quedo en silencio

El párrafo del libro que me enseñó en la playa hoy tarde, nuestra foto encima de la mesa y el documental que terminaré de ver esta misma noche, su odiosa música resonando en mi cabeza o aquella voz llorando que se mete en mis sueños… A veces pienso que podría irme y dejarlo todo así, colgando de un hilo para que cada cosa cayese por su propio peso en donde le corresponde. Sin embargo el barro hasta el cuello y esa felicidad a instantes de la que hablamos me hace quedarme y enroscarlo todo más y más, hasta que se convierte en una masa informe instalada en mi asombrado cerebro.

Un mes y medio, hoy él dijo que parecía que la palabra ‘calma’ no existe en nuestra relación y es cierto. A veces siento como si pasaran años en el transcurso de una tarde; cada vez que pienso en mí dos días atrás sé que ya soy una persona diferente.

No sé qué va ocurrir, tampoco quiero intentar intuirlo. Nadie tiene la más remota idea de lo que pasará cuando la nieve se instale en el alféizar de nuestras ventanas.
Hay días que me pregunto cómo sería un frío invierno con él; seguro que no cabría lugar a una pizca de hielo en la cavidad torácica. Apostaría dos costillas a que tras su calor, ninguna manta sería suficiente, aunque fuera una de esas bajo las que puedes desaparecer. Eso me pone tan triste, que pienso en correr a un parque donde la escarcha cubra mi nariz y los copitos de nieve se me enganchen en el pelo, frío y yo desnudos frente a frente.

Creo que necesito un respiro o esa sensación de qué hago aquí va a acabar conmigo. He pasado demasiados días exponiéndome y echo en falta unos pocos retazos de hogar.
Prometo que volveré preparada para vivir una nueva entrega de sucesos increíbles.

jueves, 13 de agosto de 2009


Puede que a pesar del sueño no haya pasado tanto tiempo porque todavía tengo el pelo mojado. Las horas se me alargan (preposición-pronombre) y me da pánico asumirlo.

Ayer volví a casa con los antebrazos oliendo a su ropa; hacía meses que no notaba eso que -ay...- me es tan familiar. Entrar en la habitación, comenzar a desvestirme, notar que aún impregna mi vestido, escuchar su voz resonando en mis oídos. Supongo que en el fondo siempre será; hasta destruido me inspira cariño...


Pero ahora estoy aquí. Tengo sueño o ganas de llorar, solo porque sí.
Siempre dices que lloro porque escucho canciones tristes... Tengo que confesar que esta vez ganaste, ahora suenan. Y peor aún, cursis.
Aquella luna llena lo primero que me dijiste fue: ¿Por qué me quieres tanto?
¿Por qué? Porque me haces sonreír cada día...
A lo mejor por eso es que hoy tengo ganas de llorar.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Catalejo en cuatrocientas veintidós palabras

Que no puedo hacer otra cosa que medir mis palabras y mis gestos, ambos sabemos las reglas del juego pero también que los límites en este terreno se confunden fácilmente (por la programación cerebral de la sociedad). Están bordeados por fuego, y si te dejas llevar un milímetro, te quemas. Confío en ti, y me aventuro a decir (y creo que no me equivoco), que tú también confías en mí. Pero no puedo hacer más que darte la mano y sellar mis labios, regalarte mi corazón sin decirte: “te regalo mi corazón”. Que no te das cuenta, pero Amigo, lo hago cada día, y si no lo pronuncio es porque el peso de las palabras es demasiado grande como para que seamos capaces de soportarlo sin quemarnos. Me encantaría vivir en una sociedad donde pudiera expresar todo lo que me haces sentir sin miedo a que ni los que me rodean, ni tú, ni yo misma me malinterprete. Sé que ambos conocemos las reglas, pero cómo decirte, cómo hablar sin que el resto crea. El resto me da igual, el resto nos da igual, los dos conocemos las reglas. Pero ambos pertenecemos al resto, ¿y si me quemo, y si te quemas? Confío en ti, confías en mí, cualquier malentendido será solucionado, tú en mi cama pronunciando: Te prometo que nunca te dejaré hablar, pase la tontería que pase. Las promesas no se rompen, ojalá no se te olvide si empiezo a pronunciar, ojalá no me malinterpretes si hablo, ojalá nunca nunca nos quememos. Porque confío en ti, tú me dices pronuncia, tú me dices abrázame, tú me dices confía. Y yo confío en que confíes y aquí me tienes, diciendo que me haces latir, que no dejes de abrazarme, que no dejes de confiar nunca. Que si he sido capaz de dejar de medir las palabras durante este rato, ha sido gracias a ti; sé que no dejarías que nos quemásemos.