jueves, 28 de mayo de 2009


Quería regalarte una utopía, un pedacito de cielo estrellado, un recuerdo inolvidable, unas palabras perfectas. Tú te mereces cualquier utopía imaginable. Creo que las escenas de película se nos quedaron dos años atrás con las acuarelas en la cara, la ilusión novicia, las noches incombustibles, la inocencia en la sonrisa, los conciertos, la magia y los amaneceres en pie sin estas horribles ojeras. Es curioso imaginar darte un codazo cariñoso y exclamar algo así como: "Che, nos hacemos viejos...", con apenas veintiún años en los bolsillos. Pero noto todo tan lejos, como si hubieran pasado décadas. En esta ciudad hemos aprendido más de lo que hubiéramos apostado nunca. Ahora lo veo todo desde arriba, como una cámara en el techo. Una vez leí que madurar consiste en darnos cuenta de que somos horribles. Bueno, la cámara graba lo peor de nosotros, pero también lo mejor. Y así podría contar una historia como la de nuestros encuentros y desencuentros, que cada día se consolida en algo más incorruptible. De tanto detestarte, he aprendido a quererte y a saber quererte. Y creo que casi sin que me diera cuenta te has convertido en alguien fundamental, un verdadero amigo. Por eso no podré regalarte una utopía, -además, eras tú el experto en escoger la canción perfecta-, pero sí a mí misma siempre y para siempre. Ya ves que no es mucho, los momentos de película vienen solos, pero siempre podremos observarnos como desde una cámara y reír. Sólo el hecho de volar con alguien como tú, me hace no desistir de querer coger la luna con las manos o tocar el horizonte. Sé que si a cualquiera de los dos se le rompe un ala en medio del Atlántico, el otro desde Oriente podrá gritar algo como "¡Algarrobas con piña chocolateadas!", y el viento se lo llevará para que sonrría con dos erres. Porque recordando que en el mundo hay personas como tú, la vida se percibe algo más linda.
Hemos aprendido y seguiremos aprendiendo, errores a cuestas, abrazos guardados...sólo puedo decir que me ha encantado aprender contigo y de ti. Que no cambies, que sigas persiguiendo tus propias utopías, porque al fin y al cabo, alguien dijo alguna vez que volar era imposible.

lunes, 11 de mayo de 2009


Dejando caer la noche sobre mis hombros, intento vanamente dejar de cuestionarme. Sólo necesito ese gesto, pero no va a ocurrir. No hay respuestas ni nadie que susurre que eso es lo de menos. Me gustaría tener varias vidas, como los gatos, o menos poéticamente, como los personajes de un videojuego. Así podría tirarme por acantilados a gusto, o pasarme días sin comer sin que nadie me mirara con aires de reprobación. Podría suicidarme y despertar una mañana fresca, respirar por primera vez, mirar el mundo ingenuamente.

Como no puedo matarme, lo que tengo dentro sólo puede salir en forma de gritos, de sexo, de puñetazos, de lágrimas. Qué lástima que casi se me haya olvidado cómo se hacen esas cosas.