Hoy entré en el blog de Carol Blenk y me sorprendió ver la misma canción que mi reina de Azabache colgó hace unos meses en su espacio, un día cualquiera, especialmente para que yo la escuchara, con palabras cariñosas en checo y todo. Fue precioso. Ya le dije que necesito uno de esos viernes noche en el Hibernia, que tengo muchísimas ganas de verla pero no lo que eso conlleva. Me pregunto cómo sería un viernes noche con ella aquí; entre tranvías y demás seguro que echaríamos la noche en el viaje, todo un desastre. Tendríamos que vivir juntas en cualquier piso mono cerca del centro y bajar a tomar lo que fuese a la cafetería-pub de la esquina, con suerte no habría música alta y podríamos hablar tranquilas, ¿aunque quien necesita un viernes noche pudiendo hablar o prepararnos cafés en casa cada vez que quisiésemos?
Ay, cuántos cafés he tomado aquí, y qué amargura dejan cuando se pasa a las cervezas y la boquita traiciona a algunos. El último viernes noche prometía, un festival electro de lo más cool en que seguro me hubiera reído un montón con Dabide o bailado sin parar con Tyler, como si no hubiera mañana. Sin embargo coger el tranvía desde la otra punta de Praga hasta casa, a las cinco y pico de la madrugada, y ver poco a poco ir asomándose el sol por los edificios que se recortaban en el horizonte y brillando sobre el Vltava, una vez sola, fue de lo mejor de la noche. Ese fin a una jornada nocturna rebosante de chismes, incoherencias y falsedad entre supuestos amigos fue todo un alivio. Prefiero ser testigo silencioso de los amaneceres en plazas por descubrir, ver mi Praha despertar, pensar en lo mucho que me queda por conocer. No quiero ser más el buzón de los secretitos de gente con sonrisas de cartón y palabras-escaparate.
Pero mi reina no es así. Ella lleva lo que Duardet calificaría seguro como más de media vida conmigo, y aunque dentro de mi cabeza cada vez se repite con más claridad y frecuencia la palabra SOLA, con una sonoridad atronadora, como toda una certeza irrefutable, ella seguirá en mi vida siempre, de eso estoy más que segura.
Hace un rato la tormenta de la calle se coordinó con la mía, como aquel 18 de mayo. Tengo ganas de vomitar y muy poco que decir a estas alturas. Siempre creo que mi cuerpo ha sobrepasado su límite pero vuelven los dramas y cada vez tengo menos palabras y menos certezas. Sólo una se asoma con seguridad por encima de las demás, cada día, en el sol reflejándose en el río mientras me asomo mareada pero en pie, en las palabras de la gente, en las mías propias: SOLA.
No puedo seguir cortándome el pelo porque acabaré con la cabeza rapada, pero han sido demasiadas cosas que recortar en un año, y no me sirve con tomar aire. Hoy en la ducha me he acordado de mi desconsuelo abrazada a la foto de Azabache una tarde del último septiembre, en cómo intenté disimular que todo iba bien aquel mes y durante todo el curso, y cómo Gerardo hace poco me dijo que los primeros días en Praha se me veía ida, con la mirada perdida. Me pregunto si ahora también se me notarán las dudas a través de la sonrisa.
Creo que Duardet me ha adivinado al menos hasta la mitad, pero a pesar de sus abrazos seguiré sin poder escuchar el Unplugged de Alice in Chains y Tyler seguirá doliendo, aunque sea en los errores, en el rumbo de mi vida, en los interrogantes.
Pero me gusta la ventana que tengo en Praha; me gusta que Praha sea una ventana toda ella, me gusta que los viernes noche no se nos olviden aunque pasen meses… porque aunque cambie hasta lo más básico, hay constantes que no deben cambiar, pequeñas cosas que te mantienen cuerdo. Como los viernes de Hibernia o como que Rafa pinche Gloria una noche cualquiera y Nela le bese preguntándose por qué demonios no estoy allí.