martes, 23 de marzo de 2010


Apuré la última dosis de dentífrico en el cepillo pensando que como ella, el fin de semana se acababa irreversiblemente, irremediablemente, todo lo que empieza por irr-. Al volver a la habitación horas después, como un fantasma, cogí el pantalón de pijama y me lo acerqué a la nariz sabiendo que olería a él. De repente la cama me parecía insultantemente grande, todo un despropósito escuchar música sin tener con quien compartirla. Bajé el estor, cogí el libro y lo hojeé, me imaginé en el metro leyéndolo como un triste premio de consolación para los próximos meses sin un hombro donde apoyar la cabeza ni una mano que jugara con la mía en el transporte público. Di vueltas y me senté como esperando algo de la habitación, como si Tyler fuera a salir de debajo de la cama de un momento a otro y todo hubiera sido una broma pesada. Empezaba a pensar en echarme a dormir torturándome con su almohada, estirando los brazos hacia la nada inútilmente, cuando bostezé sin reírme por aquello de la “provocación de la amenaza“ y recordé todas las anécdotas y risas que habíamos pasado ahí tumbados, casi sin darnos cuenta del paso del tiempo.
La tarde había sido penosa, había ido al piso de las cordobesas por entretenerme en algo, sin ganas. Teníamos que planear el fin de semana siguiente, sólo estaban comprados los billetes de avión. Decidimos alquilar un coche para dormir en Alemania ya que todos los hostales estaban completos, como mucho una habitación para dos, una noche. Éramos cinco. No me apetecían aventuras de ningún tipo, gente drogada buscando experiencias, conduciendo de un fiestón a otro… veía en proyección el viaje: me veía perdida entre la gente, llamando por teléfono a personas hasta el culo que ni siquiera consideraba amigos. Iba a tener que cambiar el chip muy rápido, convertirme en cinco días en una alocada de 21 años con altas cantidades de paciencia y/o pasotismo para pasármelo bien. Quizá no me costara tanto, al fin y al cabo seguía teniendo 21, pero en ese momento sólo me apetecía estar con Tyler. Y toda esa gente revoloteando por un piso minúsculo, hablando de ir a la discoteca porque era lunes -sí, porque era lunes-, apostando al póker con pitillos… me resultaban algo lejano y absurdo, irreal, me sentía totalmente fuera de lugar. Así que acabé por irme despacito a mi cueva en las afueras, no tenía ganas de hablar con nadie. Y allí estaba entonces, con las pruebas del fin de semana esparcidas por la habitación, sin querer recogerlas, como si hacer que todo volviera a su lugar fuera como borrar y olvidar lo más real que había ocurrido entre esas paredes. Me dije que mañana, que estaba agotada. No quise ver la foto que nos hicimos en el aeropuerto dos minutos antes de despedirnos. Patti Smith había ido susurrándome en los tímpanos de camino a casa -primero sensualmente y luego con fuerza-, pero una vez allí podía bajar la guardia y poner música anestésica. Nela me habló a través de la pantalla del portátil, le dije: “I’m in Radiohead”, e insistió en un: “Yo te entiendo”; ella no era amistad de pegatina. Y él, que tampoco lo era, dejó una triste frase en su perfil, de esas con taco incluido para amortiguar lo que sino quedaría de un romántico que solo pertenecía a nuestra intimidad. Volvía a estar del otro lado de las letras, del otro lado del continente. La evidencia de esa renovada lejanía me dolió. Me quité la ropa sin ganas, tumbándome en el lado de la cama que él solía ocupar, con su imagen todavía pegada a los párpados. Y al fin, me dormí.

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