Me duele la cabeza. Es lo único que hoy tengo claro aparte de que por fin comienza a anochecer a las cinco. Ella ha venido, deberíamos ir al centro, al Duende a tomar algo, sacudirnos el polvo de Hostivař. Tengo los hombros llenos.
Mientras, no sé si esperar a que llame o proponerle un plan, no sé si ir a un pueblo desconocido viernes noche en su busca. O decirle que me lleve con él. No importa, sé que no debería hacer nada, pero por eso lo hago o pienso en hacerlo. No me importa darme un golpe (o incluso, hace un tiempo, que me lo dieran). Ayer Rivqa y yo hablábamos de que cada vez nos hacemos más inmunes a las personas, a eso que llaman amor. Me imaginé con ella en esa cama y me pareció curioso que su nombre sea precisamente el que es.
Esta noche todo el mundo vuelve a ir a una fiesta preparadita y especialmente turística para los erasmus, en el Mecca ("the house of the house" según una descripción de prague.net) Pero yo no tengo ganas de meterme ahí y marearme, sonreír, saludar. Prefiero marearme en cualquier antro donde perder la cabeza moviéndome a ritmo drum & bass. O comportarme como un proyecto de señorita e ir a un club de jazz de una maldita vez.
Hoy Duardet me ha recordado aquel plan que teníamos. Me gusta jugar, pero a estas alturas todo es demasiado real como para impregnarnos de irrealidades. Ya nada es lo que era. Y dice que he cambiado, pero solo se trata de que ahora no soy sólo la chica que bailaba a los hombros de alguien que no recuerda, la que se reía de cómo lanzábamos naranjas a las señales. Además necesito toneladas de espacio… como Rivqa decía ayer, “disfrutar del echar de menos”.
Joder, mi cabeza.
Ya está. Voy a tomarme una pastilla y coger la barra de labios para un poquito de frivolidad erasmus: quejémonos de no saber a qué fiesta ir (que mientras seguiré preguntándome cuándo hacer los exámenes o si debo decir algo al Sr.V, con él ya he tenido meses y meses para pensar en si querría pegarme, desdeñarme, o disfrutar del echar de menos).

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