martes, 27 de octubre de 2009

Tras escoger libertad

Esta noche querría a cualquiera; a veces pienso que es el ansia de cariño lo que hace que aquí deseemos comernos los unos a los otros, como un instinto por crear lazos en un lugar en que todos nos sabemos solos en el fondo.
Yo me balanceo entre la felicidad de la soledad y el vacío de la soledad. Miro por la ventana y observo gente checa con la que no sé comunicarme, con su vida perfectamente ubicada; a penas una pizca de sol entre las nubes y las ramas de los árboles moviéndose violentamente. Entonces me invade una sensación de pequeñez ante los kilómetros del planeta, me siento tan sólo un humano en una habitación, conecto con la inmensidad de humanos en el resto del mundo y comprendo lo insignificante de nuestras vidas. Así, algo dentro de mí sonríe, soy una adicta a la sensación de la más acongojante libertad. Así, algo dentro de mí sabe que de no ser por esto, lo dejaría todo por un abrazo.
El problema está en que la mayoría también somos adictos al amor, y no es compatible. Te pones perra, buscas que cualquier mano te acaricie sin poseerte, pero al final caes en la cuenta de que si para muchos es difícil separar sexo y amor allá donde tienen el cariño de los suyos, aquí es casi inevitable estrechar distancias, porque no hay nada más allá. Así que huímos, decimos “no flipes”, buscamos otras manos, volvemos a las mismas, echamos de menos lo más insignificante. Alternamos las guarradas al oído con los sms románticos. El cariño no lo buscamos nosotros, pero sí nuestro subconsciente.
Por eso sé que desde mi soledad, esta noche querría a cualquiera sin querer a nadie más que a los que tengo lejos.

jueves, 15 de octubre de 2009

Pensamientos camino a Budapest

Me dirijo a Budapest en un autobús que circula, al igual que el resto de vehículos, como si la nieve en la carretera fuera el día a día de sus ruedas, preparadas para correr por superficies resbaladizas -y es que realmente lo es, esta evidencia me pasma-. Siendo vehículo adaptado para esto, hay calefacción y un chico que pasa ofreciéndote chocolate caliente amablemente. A los lados, llanuras en las que tierra y cielo se unen en un mismo color uniforme que se extiende a lo lejos; de vez en cuando se ven algunas casitas bajas que reciben la nieve en sus grandes tejados (me pregunto quién habitará esos entrañables hogares), y altos pinos que se elevan al cielo tomando la blanca carga que dobla sus ramas. Siete horas de viaje con un cuadro digno de ver tras la ventana, que curiosamente no se empaña.
Pienso que son asimismo curiosas las vueltas que tan rápido da la vida; la primera mañana de nieve en Praga y él amaneciendo de nuevo junto a ella. Como dije, nadie sabía lo que iba a pasar y era mejor no preguntárselo.
Por mi parte todo bien, mi corazón recién planchado y sonriente; él sabe que no volveré.

El día comienza a oscurecerse y me pregunto qué hora será; temprano seguro, pero no lo sé por la misma razón por la que tengo algo de sueño: nunca uso y reloj y mi móvil está apagado gracias a la noche de ininterrumpidas llamadas cortadas y sms escritos en una mezcla de checo y un burdo inglés lo suficientemente inteligibles para comprender que no los mandaba un checo amistoso.
He contenido mis ganas de enviar un simple FUCK YOU!, y sin embargo pienso en el triste cambio intercultural que tuvimos. No puedo quitarme de la cabeza el piso, el primer piso checo al que entro, tan pequeño y enmoquetado, lleno de cosas extrañas, como las figuras que él traía del teatro en que trabaja; tampoco la sensación de escuchar de fondo la TV en checo, como en cualquier casa de cualquier familia de este país. Estábamos tan bien bajo ese edredón gigante y mullido, con la que caía afuera, investigándonos, riéndonos, jugando, que lo echo de menos más de lo que nunca hubiera apostado. Nuestro inglés macarrónico, Lucie, Vojta, dáš mi pusu?, sus gestos de mimo, yo diciéndole alto: te-estás-a-tra-pan-DO!, the cocaíne, uaaau.
Siempre doy con chicos extraños. Los gestos atraviesan las fronteras lingüísticas y pude leer en el mar azul oscuro de sus ojos que se trataba de un todo o nada. Seguramente no volvería a jugar con sus casi albinas rastas que le llegaban hasta la cintura. Y lo peor es que pinchaba en uno de nuestros locales favoritos en la ciudad, y que ahora el habla checa y el pelo rubio me recordaban a él.

Salimos de Brno y ya es noche cerrada.

Lo poco que dormí anoche, estuve soñando con mi amigo. LLevo soñando con él desde que sus labios besaron mi piel de una forma diferente a como solían hacerlo. No sé si este tipo de historias entre la gente se deben a la falta de cariño consecuencia de la soledad o tan solo son... simples ganas de follar.
Aquí todo ocurre de una forma tan rápida e intensa como la velocidad con que ahora mismo atravieso países. Hemos salido de Bratislava y ya no nieva, pero la noche es más negra que la boca de un lobo, sin luna ni estrellas.
Como decía, esto se parece a una nueva adolescencia con madurez para afrontar los palos. Tengo tantos pájaros en la cabeza que me resulta absurdo y cómico, pero lo bueno es que en el fondo me da igual lo que pueda ocurrir.
Viajo en un bus con la compañía de siete desconocidos y la felicidad de la soledad vuelve a mí.
Él me dijo esta mañana: Eh, ¡eres LUCÍA! Desperézate y corre a Budapest, y ¡tráeme fotos!
LLevo encima la sensación de quemar kilómetros y aquel mensaje de mi socia en la cartera, para que no se me olvide nunca: Non esquezas que eres LIBRE, you're invisible now, you have no secrets.

domingo, 11 de octubre de 2009

viernes, 25 de septiembre de 2009


No hacemos más que salpicar estas paredes de lodo. Él se va un rato, vuela un rato; sus alas se sacuden los problemas, sonríe. Yo sólo pienso en que la ventana está ahí, tan grande, tan fácil de abrir, al alcance de mi mano; sólo tendría que coger el manillar, subirme a la mesilla y saltar afuera.
No es la primera vez que me muero de frío en Praga, con el sol que hace. Todavía no he bailado, ni he pedido un rosconlú con todos los dedos de las manos; no llevo ni una semana aquí y no hago más que incumplir mis promesas. Podríais darme cien collejas nelarienses, hacerme ver las cosas desde otra perspectiva como hacíamos desde el tejado, hablarme en contrapunto como Dabide o abrazarme como Azabache. Pero aquí no hay nada de eso, las collejas ya me las doy yo sola, y los abrazos también. No hay más que gente, gente, y tan pocas personas que no alcanzo siquiera a verlas. Y miro la ventana, tan predispuesta, tan asequible, y pienso que si algo he aprendido en estos meses es que si hay que volar, es mejor volar para siempre. Así que aquí me quedo, escuchando Unplugged in NY, echando de menos mi pelo, odiando la comida checa, riéndome de lo ridícula que parezco aquí sentada teniendo esta ciudad bajo mis pies, comiéndome las uñas, la cabeza, las entrañas. El dolor sólo genera más dolor, y mi organismo hace tiempo que ha sobrepasado su límite. Ahora sólo vomito, vomito de forma egoísta, pero mi estómago no lo aguanta. Claro que no soy lo que él esperaba, claro que no somos iguales, la diferencia radica en el tiempo. Yo era como él. Lo veo con su sonrisa, hecho polvo y no puedo cuidarlo. Va a ser verdad eso de que una vez di tanto amor que se me han agotado las existencias. Soy complicada, maleducada, hija de puta. Pero es que me revienta tanto…¿cuánto dolor le hará falta para acabar con su paciencia, cuándo entenderá que las situaciones no nos vienen impuestas, sino que las elegimos nosotros mismos? Aquí estamos, con las opciones en nuestras manos, sólo hay que decidir. Y miro la ventana y escojo aguantar un poco más, esperando poder trabajar para que llegue el día en que si las paredes se manchan, sea por vomitar un empacho de felicidad, no de lodo.
Si ese día no llega, hablaré con él; siempre podremos sacar la plancha, poner nuestros corazones encima de la mesa, bien colocaditos, y quitarles las arrugas, todos los surcos que se formaron cuando se encogían. Que yo lloro, se me cae el azúcar al suelo, el alma al suelo, pero muy dentro sé que no necesito que nadie me cuide. Y entre dolor y libertad, no volveré a escoger dolor. No lo haría nadie que haya aprendido que cuando vuelas, es mejor volar para siempre.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Fin de trayecto

Qué rápido ha pasado todo desde la caléndula. Estoy a un paso del cambio de decorado, a unas horas de notar el otoño enfriándome las pestañas.
¿Cómo será escuchar Even You desde allí, cómo será beber Notting Hill y respirar incienso en una habitación sin persiana? Tan lejos...Justo al lado contrario de donde el sol se pone.
Esta mañana cogí el tren de siempre, por última vez hasta dentro de mucho tiempo. Galicia es preciosa cuando llueve. No sé si estos días me pesan o el viento en la garganta empieza a arrastrarme, pero a veces parece que sólo podría curarme una de esas noches que amanecen desnudas junto a él, con paraguas, café y tabaco imaginario. Nunca van a volver, como todo lo demás.
Las ganas de comerme Europa se han quedado olvidadas entre los papeles, los objetos y las dudas.
¿Cómo será estrenar una vida nueva con todos sus accesorios?
¿Cómo será llegar a la meta sabiendo que es sólo el principio del resto para siempre?

domingo, 13 de septiembre de 2009











Tengo un nudo en el estómago que conecta con mis glándulas lacrimales cada vez que.

jueves, 10 de septiembre de 2009


Y echo por tierra todo, vuelvo a mis principios, quiero escapar, ver la nieve desde una ventana melancólica, escuchar Just like honey, A placed called home, All over the world, Green on blue y tantas otras, acurrucada cerca del radiador. Cortarme el pelo, comprarme unas orejeras, pasear sola sin entender una palabra de las conversaciones que me cruzo por las calles. Pintarme la cara y caminar mirando el cielo y las hojas de los árboles. Como todos estos años, reconstruir mi mundo a kilómetros, quizá pegar fotos por las paredes, hablar a gente que nunca volveré a ver. Hacer sola todo lo que quería hacer sola, echarle de mi vida de una vez por todas. “Adiós cariño, estos años comprimidos en meses han sido preciosos.”

Porque a veces se me olvida por qué somos especiales, aquellas palabras que una madrugada nos dejaron sin respiración.
Se me olvida que hay tantos momentos para recordar como si habláramos de años, se me olvidan la carcajada diaria, los abrazos, los “me da la impresión de que esta conversación exacta podríamos tenerla dentro de 36 meses”, los viajes, las canciones.
Se me olvidan la forma que tiene de acercarse, los planes, su mirada, aquellos conciertos, la sonrisa idiota que se nos ponía en la cara.
Se me olvida que fuimos tan felices que hubiéramos podido explotar en pedazos de alegría. Se me olvida que tras eso olvidé mis propios principios, y si un día hubo algo que me hizo olvidarlos, debía de ser algo demasiado bueno como para deshacerlo en retazos de memoria y guardarlo en un cajón sin siquiera haber visto juntos la nieve.