Y echo por tierra todo, vuelvo a mis principios, quiero escapar, ver la nieve desde una ventana melancólica, escuchar Just like honey, A placed called home, All over the world, Green on blue y tantas otras, acurrucada cerca del radiador. Cortarme el pelo, comprarme unas orejeras, pasear sola sin entender una palabra de las conversaciones que me cruzo por las calles. Pintarme la cara y caminar mirando el cielo y las hojas de los árboles. Como todos estos años, reconstruir mi mundo a kilómetros, quizá pegar fotos por las paredes, hablar a gente que nunca volveré a ver. Hacer sola todo lo que quería hacer sola, echarle de mi vida de una vez por todas. “Adiós cariño, estos años comprimidos en meses han sido preciosos.”
Porque a veces se me olvida por qué somos especiales, aquellas palabras que una madrugada nos dejaron sin respiración.
Se me olvida que hay tantos momentos para recordar como si habláramos de años, se me olvidan la carcajada diaria, los abrazos, los “me da la impresión de que esta conversación exacta podríamos tenerla dentro de 36 meses”, los viajes, las canciones.
Se me olvidan la forma que tiene de acercarse, los planes, su mirada, aquellos conciertos, la sonrisa idiota que se nos ponía en la cara.
Se me olvida que fuimos tan felices que hubiéramos podido explotar en pedazos de alegría. Se me olvida que tras eso olvidé mis propios principios, y si un día hubo algo que me hizo olvidarlos, debía de ser algo demasiado bueno como para deshacerlo en retazos de memoria y guardarlo en un cajón sin siquiera haber visto juntos la nieve.

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