Que no puedo hacer otra cosa que medir mis palabras y mis gestos, ambos sabemos las reglas del juego pero también que los límites en este terreno se confunden fácilmente (por la programación cerebral de la sociedad). Están bordeados por fuego, y si te dejas llevar un milímetro, te quemas. Confío en ti, y me aventuro a decir (y creo que no me equivoco), que tú también confías en mí. Pero no puedo hacer más que darte la mano y sellar mis labios, regalarte mi corazón sin decirte: “te regalo mi corazón”. Que no te das cuenta, pero Amigo, lo hago cada día, y si no lo pronuncio es porque el peso de las palabras es demasiado grande como para que seamos capaces de soportarlo sin quemarnos. Me encantaría vivir en una sociedad donde pudiera expresar todo lo que me haces sentir sin miedo a que ni los que me rodean, ni tú, ni yo misma me malinterprete. Sé que ambos conocemos las reglas, pero cómo decirte, cómo hablar sin que el resto crea. El resto me da igual, el resto nos da igual, los dos conocemos las reglas. Pero ambos pertenecemos al resto, ¿y si me quemo, y si te quemas? Confío en ti, confías en mí, cualquier malentendido será solucionado, tú en mi cama pronunciando: Te prometo que nunca te dejaré hablar, pase la tontería que pase. Las promesas no se rompen, ojalá no se te olvide si empiezo a pronunciar, ojalá no me malinterpretes si hablo, ojalá nunca nunca nos quememos. Porque confío en ti, tú me dices pronuncia, tú me dices abrázame, tú me dices confía. Y yo confío en que confíes y aquí me tienes, diciendo que me haces latir, que no dejes de abrazarme, que no dejes de confiar nunca. Que si he sido capaz de dejar de medir las palabras durante este rato, ha sido gracias a ti; sé que no dejarías que nos quemásemos.
miércoles, 5 de agosto de 2009
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