El párrafo del libro que me enseñó en la playa hoy tarde, nuestra foto encima de la mesa y el documental que terminaré de ver esta misma noche, su odiosa música resonando en mi cabeza o aquella voz llorando que se mete en mis sueños… A veces pienso que podría irme y dejarlo todo así, colgando de un hilo para que cada cosa cayese por su propio peso en donde le corresponde. Sin embargo el barro hasta el cuello y esa felicidad a instantes de la que hablamos me hace quedarme y enroscarlo todo más y más, hasta que se convierte en una masa informe instalada en mi asombrado cerebro.
Un mes y medio, hoy él dijo que parecía que la palabra ‘calma’ no existe en nuestra relación y es cierto. A veces siento como si pasaran años en el transcurso de una tarde; cada vez que pienso en mí dos días atrás sé que ya soy una persona diferente.
No sé qué va ocurrir, tampoco quiero intentar intuirlo. Nadie tiene la más remota idea de lo que pasará cuando la nieve se instale en el alféizar de nuestras ventanas.
Hay días que me pregunto cómo sería un frío invierno con él; seguro que no cabría lugar a una pizca de hielo en la cavidad torácica. Apostaría dos costillas a que tras su calor, ninguna manta sería suficiente, aunque fuera una de esas bajo las que puedes desaparecer. Eso me pone tan triste, que pienso en correr a un parque donde la escarcha cubra mi nariz y los copitos de nieve se me enganchen en el pelo, frío y yo desnudos frente a frente.
Creo que necesito un respiro o esa sensación de qué hago aquí va a acabar conmigo. He pasado demasiados días exponiéndome y echo en falta unos pocos retazos de hogar.
Prometo que volveré preparada para vivir una nueva entrega de sucesos increíbles.

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