Lo que he notado entonces, como una evidencia encontrada por sorpresa, es que tú y yo no tenemos ni constancia ni frialdad, sólo hambre. Así que nos buscamos mutua e inevitablemente y ninguno se convierte en pollo asustado, a diferencia de lo que sucede en el mecanismo social típico y absurdo al que yo suelo llamar “perro del hortelano” en lugar de “gato y pollo” (nótese que el perro es lo que aquí sería el pollo). Me gusta más nuestro juego. Porque si un día alguno echa a correr, sabremos que como gatos, hemos sobrepasado la distancia adecuada. Pero a diferencia de los pollos, cuando yo echo a correr una vez, no suelo volver con el pío, pío. Y es que no me gustan esas tensiones de tira y afloja, prefiero que ambos nos acerquemos hasta la insostenibilidad, y llegados ahí, desaparecer por necesidad tan solo.
Así que llegar a la insostenibilidad es el único punto preocupante de nuestra fábula, y muy calculadoramente he hecho que desaparezca decidiendo que no existen los

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